PLATAFORMA RURAL

28.12.09

Un presidente cualquiera (Galicia Hoxe)

Un presidente cualquiera

Gustavo Duch Guillot

Leí hace poco una de esas frases célebres que ilustran calendarios, agendas y ahora también páginas de Internet. El Sr. Clarence S. Darrow, abogado estadounidense, dijo aquello de: "Cuando yo era chico me decían que cualquiera podía llegar a presidente de la nación. Estoy empezando a creerlo" Y añado revisando la historia que cualquiera puede llegar a Premio Nóbel de la Paz. Y en concreto, el Sr. Obama ¿ejerce de presidente o de pacifista? Me temo, tras Copenhague, que de ninguna de las dos cosas.

Como presidente del país con más responsabilidad en la crisis ambiental su actitud y el bloqueo a profundizar en acuerdos tangibles sólo pueden argumentarse, en el mejor de los casos, por la fuerza atenazadora que debe llegarle de los grupos de presión de su país. Como ha denunciado el International Action Center "el Pentágono es el mayor utilizador institucional de petróleo y energía. Las guerras del Pentágono en Irak y Afganistán; sus operaciones secretas en Pakistán; su equipamiento en más de 1.000 bases estadounidenses en todo el mundo; sus 6.000 instalaciones en EE.UU.; todas las operaciones de la OTAN; sus portaaviones, aviones jet, ensayos, entrenamiento y ventas de armas" lo convierten, dentro de los 210 países en el mundo, en el número 36 en cuanto a consumo de petróleo. Pero acuerdos especiales eximen al Pentágono de contabilizar sus emisiones, que ya se imaginan, son muchísimas. También, seguro, ha sufrido la presión de las corporaciones de la alimentación que mucho tienen que ver con este mal clima. Y la sociedad civil es cada vez más consciente de ello, por eso, la ganadora del premio al Peor Lobby celebrado a propósito de la Cumbre de Copenhague ha sido la más conocida de todas ellas: Monsanto.

Como "flamante" Premio Nóbel, el Sr.Obama, debería entender que no brotará la paz en el mundo mientras persista una violencia estructural que tiene su origen en las desigualdades sociales entre el Norte rico y el Sur pobre. Y  la crisis climática es resultado de dichas desigualdades con consecuencias ya devastadoras: sequías e inundaciones que destruyen cosechas, desplazamientos de millones de personas, problemas de salud, etc.… que nos llevaran, lamentablemente, a guerras, represión, conflictos, etc. Muy lejos de la anhelada Paz.

¿Un presidente cualquiera? Estoy empezando a creerlo.


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"Porque contar es otra forma de caminar"

La malacologia (Diario de Navarra)

LA MALACOLOGÍA

Gustavo Duch Guillot.   www.gustavoduch.wordpress.com

Las amigas del movimiento Slow Food me pidieron que participara en su evento anual, el Día Tierra Madre del pasado 10 de diciembre, y lo hice con mucho gusto, aunque tengo que reconocer que medio que les mentí. Sí, porque al comenzar mi exposición dije que intervenía en mi calidad de experto zoólogo. Y concretamente como experto malacólogo, es decir, especialista en el estudio de los moluscos. Como el caracol, el símbolo del Slow Food.

El movimiento de la comida lenta nace en Italia desde un grupo de gastrónomos para defender una relación de corresponsabilidad entre productores, consumidores, gastrónomos y restauradores en favor de una alimentación justa, sana y de calidad. El Slow Food, desde un ángulo diferente apoya, como la Soberanía Alimentaria, una producción y consumo de alimentos de temporada, local y ecológica, con un protagonismo central del pequeño campesinado. Y añaden a su discurso el valor de la lentitud, el placer de degustar la comida tranquilamente, en buena compañía, disfrutando del tiempo y la conversación. Frente a la homogeneización de la comida y el frenesí por la aceleración, que se encarna a la perfección en el "fast food", anteponen al caracol. Y fíjense, -dije con tono de experto- el caracol, que aún siendo un animal parsimonioso, se ha demostrado científicamente, que si no se estresa vive más. Vive más un caracol no estresado que un caracol estresado. Es sencillo, las prisas provocan un gasto energético del metabolismo. Con calma y sosiego entonces el organismo libera energías que podrán ser utilizadas para otras actividades como la reproducción o pasear por un camino.

El ser humano dejó de pasear y se subió a un automóvil para ganarle tiempo al tiempo. Pero, como ya expliqué en otra ocasión, el pensador Ivan Illich demostró que si descontamos a la velocidad promedio a la que nos desplazamos a lomos de un automóvil, el tiempo que trabajamos para pagar los costes del automóvil, la velocidad punta que obtenemos baja a unos 6km/hora. Sólo un poco más rápido que la marcha que lleva una vaca paseando por un camino. La vaca a ese ritmo puede observar que por ese camino pasea también un caracol austero.

Si el camino pasa por Chiapas, México, observaríamos otros caracoles, las pequeñas comunidades campesinas autogobernadas que, como explica el Subcomandante Marcos, son "una pequeña parte de ese mundo a que aspiramos, hecho de muchos mundos". El caracol simboliza lo que allí están alumbrando: revoluciones que giran y giran como la espiral del caracol, hacia fuera para alejarse de los dolorosos modelos capitalistas, y hacia atrás buscando enseñanzas arrinconadas o extraviadas  pero necesarias.

Pero el caracol (o la caracola, otro molusco apasionante para mis compañeros de especialidad) nos reserva otra enseñanza. En su crecimiento construye su concha en base a espiras que inicialmente se van haciendo cada vez más grandes, más anchas. Pero llega un punto que el caracol sabe que si hace una nueva espiral eso le provocará graves problemas, le sobrecargaría con un peso que no podrá acarrear… y fabrica las nuevas espiras cada vez más pequeñas, en decrecimiento. Por eso también el caracol es la metáfora que aglutina a un nuevo movimiento social "el decrecimiento" que aplicado a la agricultura lo podríamos entender como la vuelta hacía una agricultura de pocos insumos y respetuosa con los límites de la naturaleza. La propuesta es clara, igual que hace el caracol o caracola hemos de adoptar un cambio brusco y con celeridad. Retroceder parte de lo caminado por la senda de la agricultura industrializada para retomar el camino donde, en lugar de chimeneas, podamos observar a la vaca, al caracol austero y a las mujeres y hombres del campo, avanzando en revolución.

Sabemos y vemos de la realidad del campo, y si además fijamos la atención en la prensa diaria encontraremos entre líneas hasta donde llegan los impactos de otro modelo de producción de alimentos insostenible: la pesca industrial o el engorde de pescado industrial. En los últimos meses hemos tenido ejemplos muy claros. Primero un golpe de Estado en Honduras impulsado por una oligarquía neoliberalizada temerosa de perder sus privilegios, entre ella, las empresas que –destrozando los manglares- cultivan langostinos. Pescanova tiene en Choluteca unas 1.200 hectáreas de langostinos en remojo. El secuestro del Alakrana evidenció la explotación que nuestro país hace en aguas que deberían beneficiar a la población local. Y finalmente con el ejercicio de lucha y dignidad de la Sra. Aminetu Haidar nos enteramos que algunas empresas españolas se benefician de acuerdos con Marruecos que permiten la pesca en caladeros de aguas territoriales del Sáhara Occidental. Todo está escondido "en el fondo del mar", pero todo se sabe.

Entonces –concluía en mi relato de caracoles y otras bestias- ¿lentitud en el caminar o celeridad para desandar? La zoología nos lo vuelve a explicar. Un ratoncito dispone de poco tiempo para disfrutar de la vida, dos años como mucho. Mientras un elefante podrá pasar de los sesenta. ¿Es injusto? Recién me explicaron que como el corazón del ratón va mucho más rápido que el del paquidermo, finalmente los dos viven aproximadamente los mismos latidos de corazón. Así que lo importante es eso: asegurarnos que nuestro corazón [de caracol] palpita.

 


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"Porque contar es otra forma de caminar"

27.12.09

pensa-miento 9 (revista Altermundo)

A veces pienso que miento.

Pensa-miento 9: El ser humano, hechizado por sus cinco sentidos, se apartó de las leyes de la naturaleza para imponer las suyas propias. Con la vista cree sólo en lo que es visible y con el tacto palpa sólo lo que es materia. El oído lo cierra a músicas silenciosas y el olfato se nos atrofió en la evolución. Poco sabemos de intuiciones. Sólo nos da gusto lo perfecto, lo exacto y preciso. Con tantos sentidos puestos en acción no sentimos que somos naturaleza. Y de las vidas hacemos un  sinsentido



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"Porque contar es otra forma de caminar"

23.12.09

Un astronauta en bicicleta (La Jornada de México)

Un astronauta en bicicleta
La Jornada de México. Gustavo Duch. 22 de diciembre de 2009
E

l pasado 3 de diciembre se cumplieron 25 años de la fuga de 42 toneladas de pesticidas de la empresa Union Carbide, en Bhopal, India. Más de 12 mil personas murieron y 150 mil sufrieron –o sufren– graves secuelas. La química que mató sigue matando: en ese entonces fue una terrible avalancha, ahora es de gota en gota. Porque la expansión de cultivos transgénicos se acompaña de mayores usos en herbicidas. Un dato: en Estados Unidos la utilización de herbicidas en la superficie cultivada con variedades transgénicas ha incrementado el uso de herbicidas en 46 por ciento en los recientes 13 años. El goteo: 

Como tantos días al cerrar el consultorio le quedó pendiente una visita a domicilio. A lomos de su vieja bicicleta partió hacia el rancho de los Quintero. Sus rodillas y los hierros de la bicicleta crujían a dúo entonando una agradable milonga, y así, canturreando se alejaba de la ciudad. A unos 500 metros pasó por los grandes silos de soya y aceleró la marcha, un poco inconscientemente y un mucho conscientemente. Si esos silos salieron del centro de la ciudad y ahora están allí fue por su persistencia. Ante media Argentina apeló demostrando, con informes y analíticas, que eran causa de muchas enfermedades respiratorias y alérgicas de la población. Pero, a medio kilómetro, de poco servía. Los vientos, que soplan aunque se lo tengan prohibido, reparten polvo de soya por todas las casas.

Si no fuera médico rural, sería médico rural, decía siempre don Rodolfo. Aunque en la Colonia de Malabrigo el Intendente y algunos terratenientes de la soya hicieron bastante para que dejara de ejercer, y para que dejara de ser. 

–Dígame, Fausto, ¿qué le ocurre?

–Arrastro mucha tos y dolor de cabeza.

–¿Desde cuándo?

–Pues serán unas semanas, al volver de la chacra. Por allí pasan las avionetas rociando veneno, ya sabe usted, para las malezas, para que sólo se dé la soya. Estaba lejos de los galpones y no me pude proteger.

Quince años contabilizando casos de abortos, malformaciones, hidrocefalia, cáncer de intestino y estómago, úlceras en la piel, melanomas…, registros que escrupulosamente lleva, anota y hace saber. Los datos que aporta don Rodolfo de la Colonia de Malabrigo de todas estas enfermedades son muy superiores a los promedio de cualquier otro lugar. Con sus registros y los de otros sanitarios y sanitarias se construye la lucha de las organizaciones campesinas, de colectivos de mujeres afectadas y de la solidaridad internacional frente al ecocidio de la agroindustria de la soya. Un soyacidio con responsables identificables.

A medida que se acercaba al rancho de los Quintero una inquietud asomaba por su garganta. ¿Sería Gabi, la mayor de los hermanos, con otra de sus recaídas? Gabi creció en los años de los donativos de soya. Era tanta la soya que se cosechaba como el hambre que se generaba. Por eso el gobierno obligó a las empresas soyeras a entregar a la beneficencia una pequeña proporción de esa soya. A las familias más pobres se le regalaban bolsas de soya junto con un recetario: albóndigas de soya, flan de soya, milanesa de soya, espaguetis de soya… y todito a base de soya. Pero las niñas y niños no son vaquitas y su desarrollo infantil fue medio precario.

El rancho marcaba una frontera invisible con los antaño bosques del Impenetrable chaqueño. Las talas de los quebrachos –el árbol portento de los indios wichis– para campos de soya hacían del nombre del territorio una durísima paradoja. Don Rodolfo no sabía aún que cientos de vacas estaban muriendo por la sequía de ese año. Sin quebrachos cantando a las nubes, explican, nunca volverá a llover.

–¡Ahora no! ¿Qué hacía aquella avioneta fumigando los campos? Don Rodolfo se apeó de la bicicleta y se enfundó su impermeable, guantes de motorista y unas gafas de bucear. Un astronauta pedaleando por el Chaco argentino. Al poco vio a Pedro y a su hermano, cada uno de ellos en uno de los lindes de un campo de soya, agitando unos banderines, como haciendo señales desde la proa de un barco. Sus banderines ayudaban a las avionetas fumigadoras a determinar donde regar sus venenos. Y así, campo a campo, actualmente en todo el norte de Argentina, miles de muchachos de 14 y 15 años trabajan como banderilleros para el agronegocio de la soya que alimentará el ganado europeo.

Don Rodolfo corre hacia ellos, grita y grita... salir de ahí. ¡Os riegan con veneno!

Mientras en el traspatio de la casa de los Quintero, la abuela, con una pequeña regadera en su mano, delicadamente riega –con agua, sólo con agua– unas lechugas, unas matas de tomates y otras pocas de judías.


Gustavo Duch Guillot

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"Porque contar es otra forma de caminar"

19.12.09

El precio que pagamos (Público)

EL PRECIO QUE PAGAMOS

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Diario Público, 19 de diciembre de 2009. Gustavo Duch Guillot

Nos acercamos a las Navidades y en esas fechas mi familia, desde hace ya bastantes años, suele reunirse en la provincia de Tarragona. En los últimos años el paisaje que conocíamos ha sufrido una transformación salvaje. Las playas, algunas semivírgenes, han sido reducidas a parkings para barcos deportivos y sobre los tradicionales campos de algarrobos y algunas viñas descansan ahora miles de casas pareadas. Pero lo más llamativo son los cinco kilómetros entre Comarruga y el Arco de Barà. En ese corto trayecto se encuentran, en fila india y uno detrás de otro como si se hubiesen puesto de acuerdo, todos los establecimientos de los Gigantes de la Alimentación. Un Carrefour, un Mercadona, un Lidl… ¡todos! ¿Tantos en tan poco espacio para una población de fines de semana? Pues sí: es el reflejo de la transformación de los hábitos de compra. Atraídos por la comodidad, por una supuesta variedad de género y por el precio –sobre todo por el precio– el 82% de las compras de alimentos en nuestro país las realizamos en las grandes superficies. Pero cuando llegamos al cajero del súper con nuestra compra, ¿sabemos el precio real que hemos pagado por todo lo que llevamos en el carro? Me dirán que sí, que sólo se trata de revisar el ticket. Pues miren –nos falta información– hay más gastos que no aparecen, como si estuvieran escritos en tinta invisible. Desvelémoslos.

Para ello necesitamos una primera información, una premisa: lo que compramos en las grandes superficies está producido por una agricultura industrializada. ¿Qué significa eso de agricultura industrializada? Exactamente eso, que la comida no se obtiene en un huerto o en una granja, sino que se fabrican huevos en una factoría como si fueran coches, o alubias como si fueran tornillos. Se trata de engarzar piezas que llegan de diferentes sitios a la mayor velocidad posible y lo más robotizado posible. Y ahí tenemos un primer coste, la desaparición de muchos puestos de trabajo del medio rural, que supondrán para el Estado –para nosotros– lógicos y justos subsidios de desempleo, formación para su reciclaje, etc. El pasado 21 de noviembre la manifestación de los sindicatos agrarios llenó las calles de Madrid con más de 100.000 personas, bastantes para una concentración, pero muchas más si tenemos en cuenta que en la actualidad son 340.000 personas las que están cotizando en la Seguridad Social agraria.

El segundo coste que también pagamos sin darnos cuenta son buena parte de los presupuestos de los departamentos de medio ambiente de las diferentes administraciones públicas. Porque llegan para socorrer y apañar los desastres que genera esta industria del alimento automatizado. En limpiar y descontaminar el agua de los ríos, en combatir la erosión o salinización de los suelos, etc. Uno de los últimos ejemplos lo tenemos con la ya casi desaparición de las Tablas de Daimiel. Un humedal resecado por el uso descontrolado de los acuíferos que le anegaban para cultivar en tierras de secano melones o maíz, como si estuviéramos junto al Amazonas. Y, por mucho que se invierta, es poco. David Pimentel, profesor de Ecología y Agricultura en la Cornell University, calculaba en 1995 que el impacto ambiental de la agricultura supone para EEUU un coste de al menos 44.000 millones de dólares cada año. Los últimos cálculos, antes de llegar a la Cumbre de Copenhague, indican que la mitad de las emisiones de CO² que están calentando el planeta, provienen de este sistema alimentario: petróleo, maquinaria, humos, aviones transportando alimentos, deforestación para nuevas tierras…

Tercero: la agricultura de vegetales que florecen con química, de granjas de cerdos en latas de sardinas o de salmones comiendo pienso hecho con sardinas, es la que engorda de grasas saturadas a más de 800 millones de personas, con su factura médica correspondiente que, además, cíclicamente repunta con fuerza tras crisis sanitarias como las vacas locas, la gripe aviar o actualmente con una gripe planetaria. Recordemos que, según muchos expertos, la gripe A tiene su origen en una granja porcina industrializada de la empresa Smithfield en Veracruz, el México de abajo, como dice en La Jornada la investigadora Silvia Ribeiro.

Cuarto: Esta agricultura avalada por su productividad es la que hace pasar hambre a mil millones de seres humanos, expulsados del oficio de producir alimentos en los países –también– de abajo. Hace varias décadas ya lo explicaba Gloria Fuertes, "Yo pido pan y vino/ Para el que hace el pan y el vino". Los costes de generar tanta hambre, lamentablemente, son los que –pensemos en la reciente Cumbre de Roma para la Seguridad Alimentaria– nadie parece querer asumir.

Y para acabar tenemos una novedad, los gastos militares para proteger esta agricultura de mono azul. No hablo sólo del Alakrana y las otras carabelas en busca de El Dorado (la operación Atlanta de protección en las costas de Somalia nos cuesta 75 millones de euros al año), sino también de los soldados que, precisamente en el México de abajo, protegen la granja apestada de los movimientos ambientalistas que protestan frente a la contaminación que provoca en cielo, tierra y agua de los alrededores. O el Ejército de Congo Brazzaville que defiende también a balazos las tierras que los granjeros ricos de África del Sur han comprado en ese país para sus explotaciones (quizás por eso están "los milicos", para evitar que todo explote), que no me extrañaría fueran de naranjas para situar en las estanterías de alguno de los supermercados citados.

En definitiva, que cuando compramos un chorizo Campofrío (empresa asociada a Smithfield en España) –es sólo un ejemplo– pagamos una vez pero nos cobran seis en total. Seis en uno. Ese es el precio que pagamos. ¿Querremos pagar mucho tiempo más por ese chorizo o esos tomates de baja calidad nutritiva y peor sabor?

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"Porque contar es otra forma de caminar"

18.12.09

A veces pienso que miento. 8

Pensa-miento (8): Recién llego de los campamentos saharauis, donde conocí a  Bakar. Antes de hoy vivía en Jaén. "La jornada era de doce horas aguantando un sol que no era suyo". "En los campamentos no hay servicio de limpieza, y las cabras ayudan como pueden y se comen lo que encuentran". "El tiempo transcurre lento, y al no poder mirar el sol, los hombres siguen con la vista la sombra de las jaimas, que oscurece la luz." 


Mi viaje lo hizo David Argüelles Redondo que nos lo regala recorrido. Si le preguntan a David ¿dónde has estado? no sabrá responderles. Solo podrá decir dónde no ha estado: "allí donde la tierra tiene dueño". 

Aminatu ya llegó.



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"Porque contar es otra forma de caminar"

Las mariposas de San Juan (voce-ando)

Hoy, 18 de diciembre, Día Internacional de las personas migrantes, un nuevo voce-ando:



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14.12.09

El humo que todo lo envuelve (El Corrreo Vasco)

El Correo Vasco. GUstavo Duch Guillot. 13 de diciembre de 2009
EL HUMO QUE TODO LO ENVUELVE
¿Qué viento dominante orienta el curso de navegación del mundo y pasa desapercibido? Una primera respuesta salta como un resorte: la economía con -precisamente- la mano invisible del mercado que dicen la regula. La mano que autoriza la circulación de los bienes y amiga a los gobiernos si de intercambiarlos hablamos. Las manos que se estrechan si de negocios se trata, como entre España y Marruecos. La misma mano que detiene las gestiones que deberían darse para rescatar a la activista Aminatu Haidar. Si cincuenta años atrás el psicoterapeuta Erich Fromm decía: «¿Es necesario producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?», hoy nos podemos preguntar: ¿Es necesario dejar morir a Aminatu para mantener nuestros intereses económicos (pesca, agricultura, energía, etcétera) en Marruecos y también en el mismo Sáhara Occidental? Las corrientes capitalistas ya vemos hacia dónde nos conducen.
Pero existe una segunda respuesta, todavía más intangible, pero igual de presente. Hablo de «una estructura no escrita pero inscrita en la sociedad (.) de lo contrario funcionaría como un estatuto, una constitución, o el propio Decálogo del cristianismo. Tendríamos a la vista -explica Victoria Sau- su articulado para ser sometido a posibles revisiones, cambios o sustitución por otro. Si estuviera escrito, quizá hace mucho tiempo que lo habríamos suprimido y sustituido por otro orden de cosas. Pero no lo está; es una institución flotante, algo así como un humo que lo envuelve todo pero que no se deja aprehender. De ahí que sea importante analizarlo, desglosarlo, captarlo en toda su medida; en una palabra: escribirlo. Para que así pueda ser leído una y otra vez, comentado, criticado y descalificado hasta su extinción. No se trata únicamente de estar anotado o apuntado».
Es la mano que castiga, la mano que oprime, la mano que discrimina. Son las manos del patriarcado que universalizado ahoga los derechos de la mitad del mundo. Un poder oscuro que como afirma Dolors Reguant está «basado en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres». Por todo eso, unos días después del aniversario de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es necesario destacar iniciativas como el Proyecto Patriarcado (www.proyectopatriarcado.com) que pretende, por un lado, visibilizar y reconocer definitivamente la existencia de un orden patriarcal, y por otro, sabiendo que su existencia infringe esta Declaración, que se realice «un acto de perdón por los agravios sufridos por las mujeres de todos los tiempos y lugares hasta el día de hoy y demandemos su inminente abolición». Empecemos ya: Aminatu, nuestras manos.
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13.12.09

Pensa-miento 7

A veces pienso que miento

Pensa-miento 7: Llegó de abajo con su libreto y su bombo legüero -porque su retumbo se escucha muchas leguas allá-. Por los caminos manchegos, Raúl Dargoltz, me habló de los ingenios azucareros clausurados, de los quebrachales argentinos, y de hacheros mutilando sus propios miembros. Libertador del teatro del pueblo, caminó de uno a otro repitiendo "con ellos, se podía hacer una escalera para trepar de la Tierra a la Luna, para bajar de la Luna a la Tierra, pero se acuestan en las líneas férreas europeas". Ayer la savia de otro quebracho cuajó: mal año de lluvias. Dicen que en Santiago del Estero se oyeron tremendos truenos. Truenos legüeros.


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